Me dirán que los cementerios no son lindos, que son tristes.
Me dirán que no tienen sentido, si el que se fue no siente, se diluye y dispersa.
Me dirán que tengo un alma triste y gris, porque disfruto de camposantos y espacios de tiempos idos.
Creo que las necrópolis son hermosas, y me dan paz, y me llenan de luz,
benditos espacios de reflexión y recuerdos metafóricos.
Me dirán que Lecce tiene un cementerio opulento, elitista, exquisito.
Que se inauguró en 1845 para los ricos, para los distinguidos y cultos de la ciudad.
Me dirán que no dije que es una especie de museo arquitectónico a cielo abierto muy visitado,
consumido, melindroso, apocado,
un lugar más donde los crueles turistas cristalizan sus furias de incongruentes invasores.
Me dirán que mi ojo contorsionista y cámara obsoleta no capta la esencia de la muerte,
muerte que celebra la vida, el amor y las hazañas del pueblo leccese.
Me dirán que menoscabo la intimidad de los difuntos, que los atropello, que los sezgo,
que me invito de soslayo al yermo luminoso de un Tánatos pugliese y su mortal rutina.
No es verdad, o quizás sí. Parcialmente.
Me dirán que no soy nada más que una metida, absurda anacoreta de cartón y saliva perversa.
Me dirán que no entiendo, o que no quiero reconocer mi furia ingrata y falsa mocedad.
No tengo prisa, no tengo historia, no tengo tiempo de tener nada más que amor, y con ello basta.
Basto en la vastedad, y sin renegar de las fotos tomadas, me consuelo con su crucificción,
alquimia y destierro anticipado.
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